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Quince céntimos el minuto por Guillermo de Jorge

La primera vez que empecé a leer los versos de Toño Jerez, tuve la irremediable necesidad de dejar de leerlos y echarme a la calle a gritar, a levantar muros y destruir ciudades enteras.
La primera vez que leí los versos de Toño Jerez, unas irremediables ganas de combatir me invadieron el cuerpo. De salir a la calle y dejarme la piel a quemarropa. De salir a las calles y dejarme la garganta recitando uno de sus versos. De ser ese poeta de guardia que proclamaban sus poemas. De ser ese hombre que, por una razón u otra, la noche, el mundo o la ciudad entera, ardiendo, esperaba impaciente. Pero al final me di cuenta que ese poeta de guardia era, irremediablemente, él. Me vinieron a la memoria unos versos de Charles Bukowski: “Por todas las avenidas la gente siente dolor, siente dolor cuando duermen, cuando despiertan; incluso los edificios sienten dolor, los puentes, las flores siente dolor y no hay nada que vaya a liberarnos”. Quizás, por ello, Toño Jerez dixit: “Todas las noches, en todas las ciudades, un poeta insomne debería caminar las calles, debería ejercer de sereno aunque lleve el corazón entre los dientes”.

Los referentes musicales nos hacen pensar en los novísimos, pero su particular visión del jazz, que destruido, renace de las manos del heavy metal o el trans-metal, con su metálico sonido chirriándonos en cada una de las arterias, nos avisa que este mundo sigue su avance inexorable y que amenaza con volcar. Toño Jerez, dixit: “Esta madrugada les pedí a todos un segundo de atención, para preguntarles: ¿Qué hago con mi dolor?”.

Quizás, a primera vista, su  inquietud sobre la metalingüística o, dicho de otra manera, como decía Mauric, su necesidad de establecer su contrato con la realidad, nos lleva irremediablemente a sostener un dialogo entre el poeta y el texto, entre el hombre y entre aquellos que necesitan de él para verse reflejados en cada palabra, en cada gesto o, en este caso, en cada verso. Así pues, nos vemos en la necesidad, a la hora de irrumpir en los poemas de Antonio Jerez, de preocuparnos en la relación que debe de existir entre el poeta y el lector, entre un hombre y otro hombre. La voz de auxilio del poeta hacia el mundo, su necesidad de contar con todos aquellos que viven alrededor de él, es fundamental para la supervivencia del poeta y de sus textos. O dicho de otra forma, Antonio Jerez traza una búsqueda incansable entre el escritor y el lector, uno de los requisitos que han hecho que exista hoy en día ese distanciamiento entre el poeta y el lector. Antonio Jerez busca volver a los orígenes del poeta, en un primer momento, fundamentando las bases de aquellos que deberían de escribir y, en otro plano no menos  importante, estableciendo cuales son las prioridades de los poetas actuales, que no son otras que transmitir el dolor de todos los hombres, sus miedos, sus miserias, sus fracasos, en definitiva, mostrar al hombre como máxima expresión de la vida o de la nada: “Soy la parte agria de este poema: un espectador circunspecto ante el espejo”, Toño dixit.

Su perfecto conocimiento en los recursos estilísticos, así como su manejo casi innato en el lenguaje, sólo sirve de excusa para plasmar la denuncia clara de la doble moral, de la incapacidad de la sociedad actual de asumir responsabilidades y dejarse la piel en cada uno de los actos en hecho que realizan es quizás una de las grandes dudas que plantea el autor en su ensayo poético. Un poeta que permanentemente revela en sus textos la imposibilidad del hombre de sentir o de dejar a un lado sus intereses personales para ofrecerse a la sociedad como una herramienta de humanización y de cohesión. Quizás, más que nunca el Krausismo tenga aquí una de sus mayores bazas para poder volver a dar sentido al viejo oficio del poeta o, si prefieren mejor, para poder volver a demostrar el verdadero oficio al que se debe el ser humano: amar. “Podría escribir algo más cómodo, dejar a los muertos con su muerte, a los hambrientos con su hambre, a los verdugos disfrutar de su trabajo, a los escritores vanos vivir su fingido gesto”.

Quizás, es por ello, por lo que un discurso poético debe de empezar en un primer momento por un ahondamiento del hombre. Debe de empezar en una búsqueda del propio yo del poeta. Una confesión que sea capaz de devolver a la poesía su verdadera entidad, despojarla del fictio narrativo y devolverle la mimesis y la catarsis que hacen de la poesía un arma cargada de futuro: “Soy la parte mínima de este poema, y este es tan sólo el leve rastro de una boca con hambre”, Toño Jerez dixit.

Antonio Jerez es consciente de la naturaleza del hombre. Reconoce la cobardía del ser humano al enfrentarse a la realidad. Quizás, por eso, y sólo por eso, me vienen a la memoria poetas de raza, junto con Antonio Jerez, como Ángel González o Jaime Gil de Biedma, todos ellos cortados por las mismas tijeras, hechos por el mismo fuego que forjó esta libertad que hoy en día, ciudadanos como ustedes y como yo, podemos disfrutar. Quizás, detrás, en la memoria, quedan poetas como Federico García Lorca, Miguel Hernández, entre otros; sin embargo, tenemos la certeza de que aquí y ahora tenemos a un hombre, a un ser, a un poeta dispuesto a estar de guardia –dejo aquí, quizás, uno de los posibles finales a esta presentación, pero no rendiría justicia a un hombre solo que hoy ha venido a aquí a mostrarnos todas sus vísceras, todos sus poemas en honor a la paz, a la libertad y al hombre-. Y es porque Antonio Jerez hace de su poemario o de su vida, como mejor deseen ustedes, una denuncia social continua que busca sólo resarcirse de la obstinada soledad a la que están destinados todos aquellos que no salen en los periódicos y que sin embargo, sin ellos,  no sería posible entender la historia de este siglo que comienza y sobre la que muchos desearían que no se siguiese escribiendo nada sobre el. “Alguien tiene que vender la prensa, acomodar los cadáveres en los quioscos, fregar de vez en cuando la sangre de las aceras para que no huela a muerto cada mañana.”, Toño Jerez dixit.

Así, pues, Antonio Jerez utiliza el texto poético para hablar del dolor del mundo. Aparta a un lado la búsqueda vacua de la belleza por la belleza. Siempre dejó a un lado las premisas que en su día encumbraron a los escritores de la otra sentimentalidad o a los poetas de la poesía de la experiencia, mientras que las calles de negros se llenaban o mientras que sus versos, burgueses acomodados y con el síndrome de Peter Pan, seguían devorándose a sí mismos, mientras el mundo gritaba a manos llenas a un poeta de guardia o sólo quince céntimos por minuto. El único arma que blande este poeta entre sus manos o, mejor dicho, la tinta que sangra este poeta entre sus versos, no es sino la punta de un iceberg que lleva encallado hace ya demasiado tiempo entre su pecho y que amenaza con llevarse hasta los últimos héroes que aún persisten en la memoria. “Si vives entre los renglones, en ese espacio en blanco que nadie puede leer, el resultado será el mismo sea cual sea el lugar del planeta que habites, estás jodido”, Toño dixit.

El sexo, la vida de las calles, las putas, el alcohol, la decadencia, generación beatnik le cuelgan en las pupilas.

La muerte o el deterioro progresivo del cuerpo se presentan como otras de las cuestiones vitales del poeta. Toño Jerez en sus versos desenfunda el dolor a manos llenas, sabedor que el tiempo se acaba. Quizás, por eso, el poeta dilapida el concepto del tiempo de Todorov. Lo desarma y lo hace suyo. Sin contemplaciones, sin ningún ábside de duda. No deja ni un solo resquicio para que exista ni una sola duda de que sus textos son para el hombre de hoy y para ahora, de un escritor que es consciente del tiempo que vive y que sus textos implora el dolor de todos los hombres. “Cualquier día de estos amaneceré frío, tumbado en el sofá con aquella manta verde. Los ojos cerrados no queriendo mirar nada, una mano en la mejilla, como soportando el peso de los sueños que ya no podré tener”. 

La losa de la muerte es mi pupitre”, Antonio Jerez dixit.

Sin duda alguna, “Quince céntimos el minuto”, es un poemario que llega al lector como un botiquín a un moribundo en el último segundo. El contraveneno. La cura. El antídoto. La esperada vacuna para sanar al lector. Y el poeta Antonio Jerez es sin duda alguna ese poeta de guardia: “Otro pasajero inadvertido de la lluvia, un impertinente testigo que sujeta el corazón entre los dientes”.

                                                                             Guillermo de Jorge

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