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Reseñas

Quince céntimos el minuto por Ángel Manuel Gómez Espada.



Tiene más razón que un santo Toño Jerez cuando dice aquello de: “Todas las noches, en todas las ciudades, / Un poeta insomne debería caminar por las calles, debería ejercer de sereno,”, puesto que “un verso a tiempo asegura el deshielo de las camas”.

       En Quince céntimos el minuto se nos recuerda cuál es la verdadera función del poeta a día de hoy. El poeta ha de estar de guardia para los que necesitan unos gramos de poesía en los momentos más difíciles o íntimos. De cordura, vamos. Ha de estar en las calles y palpitarlas para quienes lo necesiten, que son muchos, aun sin saberlo. Cuando un individuo determinado necesita algo más que una canción de Melendi, Amaral o Maldita Nerea para quitarse el peso de los abusos y el aciago de las realidades.

       La tesis de Toño Jerez es vital, no es una pose para salir bien en la foto de la contraprogramación o la contraoferta: hay que bajar la poesía a los metros, a las farmacias, a la intranoche, que es donde es más necesaria. El poeta debe de ponerse su mono de currante y echar sus ocho horas correspondientes de insomnio, dando el callo y surtiendo de poesía a los ciudadanos irredentos. Un currante, con las manos plenas de manchas de tinta, cual tipógrafo de almas, que ha de evangelizar a los que se acercan a la poesía con tono de curiosidad o frivolidad, que agite las ramas del árbol y grite en verso, porque los gritos en verso se hacen canción e himno, si el verso es de pelo en pecho.
Como explica en “La herida”, el poeta de guardia no es aquel que te diagnosticará las causas de la herida, sino quien te diga qué has de hacer con el dolor que esa herida provoca. El que vigila y resguarda a los “que malviven, malsuenan y malsueñan” en la madrugada de la ciudad [“Parlamento monocorde”], el trapo de cocina “con olor a pino verde / o a mar embotellado” que firma palabras con olor a Betadine [“Poeta trapo de cocina”]. Poesía y versos como desinfectantes eficaces “para diluir la incomodidad que deja el óxido / cuando no se cosen las heridas” [“Poeta trapo de cocina”].

        En la segunda parte del poemario al poeta se le agria el carácter. Ya no habla de la función social del poeta como trabajador, sino de la necesaria e irrenunciable labor social que ha de ponerse en práctica. Y la pone, ¡vaya si la pone! Se planta serio Jerez delante del lector y reparte bofetadas como panes a lo Bud Spencer en la luna de cada verso, para espabilarlo, para que nos aturda y conmueva, nos ennegrezca y nos active. Al fin y al cabo, como muy bien él dice, somos los activos financieros de la sociedad. En él sobresalen poemas como el que da título al poemario, “Espacio en blanco”, “Blues”, con el que concluye el poemario, o “Futuro roto”: “Mi nombre es ninguno / tengo doce años flacos; / habito este fusil desde los siete”.

        Poesía en carne viva para unos tiempos en los que nos rechinan los dientes más de lo prescrito por los médicos. Poesía en carne viva para que no nos olvidemos de quiénes somos y para que tampoco se olviden los poetas de quiénes son.

Quince céntimos el minuto por Deborah Antón.

El poeta ha de asomarse a todos los cristales. Esto no lo digo yo, lo dice José Escánez Carrillo en el epílogo de este poemario, y yo lo suscribo. Toño Jerez, el autor, sabe asomarse, y también sabe guardar silencio profesional; sabe esperar para decir las palabras justas. Habla desde el cabreo meditado. Dice lo que hace falta: “La prensa huele a cadáver fresco”. O también: “Podría callar mi pluma / y no espetar que las togas son bífidas, / que la política es una menstruación cuatrienial / un óvulo que nunca será fecundado por el pueblo”.
Toño habita estos rincones de la conciencia, estos márgenes de la duda, y los revuelve. En esta realidad invadida por algo de agua y demasiado azufre, reivindicamos la labor del poeta de guardia, del que se queda cuando todo sucede. “A mediodía los telediarios / contarán los muertos de la jornada, / pero no harán referencia del insomnio del ciudadano”. Con él asistimos a la tristeza del mercado, del bar de copas, del locutorio. Contemplamos un mundo retratado sin ambages: “He buscado siempre al mismo hombre / en la voz de cada borracho”. Con él buscamos, sacudimos el acomodo, llamamos a nuestros semejantes. Aún queda lugar para celebrar las diferencias, los sabores, la hermandad de las culturas. Aún quedan deseos de saborear las palabras, sus sonidos, en un eco que baila, que se incendia y que se apaga, de una existencia cada vez más divergente y disconforme. “La palabra, “libélula” / necesita sobrevolar una balsa de agua verde / para seguir siendo esdrújula, / para conservar la ilusión aeronáutica / precisa del asombro infantil”. Todo esto junto, por contradictorio que parezca, está entre estas páginas, y un libro, un discurso, un pensamiento así es necesario.

José Escánez Carrillo sobre Quince céntimos el minuto.


Hablar de “Quince céntimos el minuto” es hablar de Toño Jerez.
Muchas veces, cuando acudimos a la presentación de un libro de poesía, escuchamos al ponente disociar el concepto de 'yo poético' de la noción de poeta. Se hace por una costumbre de aseo intelectual impuesta por el estructuralismo que, por definición metodológica, pretendía borrar la figura del autor por considerarla un residuo romántico, intolerable en el desarrollo de un método de análisis objetivo. Se trataba de elevar el texto a único objeto de estudio, evitando peligrosas interpretaciones del psicologismo literario, o las, siempre según los estructuralistas, sesgadas y tendenciosas interpretaciones de los 'malvados' teóricos del materialismo histórico.
Resulta imposible hacer esto con Toño Jerez y su obra. No solo imposible: es una dicotomía insostenible porque su obra es él. Toño es del tipo de poeta que entiende la lírica como emanación del yo más íntimo y la plasmación estética de su experiencia vital de una forma acendrada y veraz. En este sentido, afirmo que Toño Jerez es un poeta romántico del siglo XXI.
Pero esta última afirmación valdría para especular sobre una estética periclitada, en la que la sentimentalidad anule la reflexión; en la que lo irracional deseque la consciencia del ser; en la que lo emocional no deje manifestarse a la inteligencia. Sin embargo, esto no es así. Hay en la poesía de Antonio un regusto sentimental, sí; pero está muy bien dosificado, y no resulta nada estridente ni interfiere en un análisis lúcido de la realidad.
Antonio Jerez, desde el punto de vista poético, es hijo de sus lecturas (aunque resulte una cosa obvia, hay que decirlo), y en sus poemas leemos la esperanza de Celaya en convertir la poesía en un instrumento para cambiar el mundo; y también leemos la angustia de Blas de Otero cuando se rebelaba contra Dios por la suerte del hombre; y leemos la poética de la cotidianidad con ese deje existencialista de Ángel González; o la fina ironía con que poetizaba las situaciones Gil de Biedma. Y es capaz de preñar de sentido la, a veces huera, barriga urbanita de la 'Otra sentimentalidad' que se adueñó del marchamo de poesía de la experiencia. Y a veces (las menos, bien es verdad) también merodea los aledaños de la antipoesía de Nicanor Parra, que tanto ha dado a la poesía hispanoamericana actual (aunque a veces no haciendo honor a su génesis), sobre todo a la poesía mexicana última. Todo ello coloca la estética de Toño en el centro de las mejores tradiciones poéticas de los últimos 50 años.
¿Hay algo que haga de Toño un poeta original? Sí. Él es un poeta de ahora, de este momento preciso en el que vivimos. En sus poemas nos habla del extrañamiento, de la soledad, de la alienación, de la insolidaridad del hombre de estos años; de la crueldad de un mundo que no está hecho para nosotros, sino contra nosotros y a pesar nuestro. Y no busca palabras-paliativos, palabras-medicamento que nos alivien. Nos pone incruentamente ante la realidad, ante nuestra realidad y se ofrece como presencia: el poeta debe estar en todos los sitios donde se le necesita, aunque creamos que la poesía no es una solución; “el poeta debe auscultar los pechos de los borrachos y estrujar sus corazones hasta sacar toda la soledad que deja el ron cuando pierde el azúcar”; el poeta debe estar de guardia continua, presto a arder, aunque los académicos y los academicistas critiquen su histrionismo y vehemencia que, seguramente, tildarán de grosería. Pero el no puede dejar a los muertos con su muerte, a los hambrientos con su hambre, a los verdugos disfrutar de su trabajo, a los escritores vanos vivir su fingido gesto. Definitivamente Toño Jerez es un poeta comprometido con todos y cada uno de nosotros.
Me voy a permitir ahora leer el epílogo que le he preparado para este libro:
“El poeta ha de sentarse al borde de la herida y no vendar sus palabras para que éstas supuren la soledad de quien regala bálsamos para los anhelos, ungüentos que alivien las ausencias y ayuden a paliar el desencanto que merodea entre los bancos de los parques.

El poeta ha de asomarse a todos los cristales: el de la ventanilla del bus en hora punta; el de la ventana del piso 21 donde perfila su angustia un suicida; el del espejito que aísla unos labios desteñidos; el de una cabina telefónica a punto de naufragar en un llanto estéril. Todos los cristales tienen tu forma. La tuya y la de cualquier otro que se cruza contigo en cualquier semáforo de una ciudad cualquiera. Todos los cristales son un eje de asimetrías que conciertan tu realidad y las palabras del poeta que arde en el dorso de un almanaque, porque su única patria es el tiempo.

Y el poeta ve que la patria, o es recuerdo o un locutorio un sábado de 6 a 10 de la noche; y el abrazo, código binario; y que el amor tiene un olor amargo de frutos secos y detergentes baratos; y que no hay paraísos perdidos sino infiernos en carne viva; y que son derrotas pequeñas eso que pisas en las aceras;... y entonces, el poeta eleva el acento de su poesía hasta convertirla en tu patria.”

Yo no sé si Toño es consciente de lo que este libro tiene de ‘ars poética’. En él se describe personal y poéticamente. El libro tiene una primera parte en la que el tema es, básicamente, cómo siente el mismo la poesía, la necesidad de escribir poemas; y es una reflexión sobre cómo se ve su poesía desde dentro y cómo él cree que se le percibe desde fuera. Poemas como “Poeta de guardia”, “Arder”, “La herida”, “Conciencia de latex” o “Parte infecta” nos dejan bien claro cuál es el talante del poeta y cuál su aspiración poética, pero no lo hace sino con la praxis poética, sin teorizaciones absurdas; desde la más pura entraña de la poesía.
La segunda parte es una mirada hacia afuera para buscar la poesía en ejemplos prácticos, sin complejos, en las escenas más cotidianas. Y allí donde usted ve una reunión de hispanos, pakistaníes o senegaleses en la puerta de un locutorio telefónico, molestos rodeos que dar en nuestra singladura diaria, él ve el desarraigo, la soledad, el desamparo que, tal vez es también el de usted, pero del que usted aún no es muy consciente.

Decía, hablar de “Quince céntimos el minuto” es hablar de Toño Jerez y espero haberlo demostrado con esta pequeña disertación. Toño también tiene dos partes: la que veis aquí, generoso, luchador, dejándose la vida en cada minuto de existencia, ardiendo en versos, estrujándose el corazón para dejar en tus labios la sonrisa de saber que alguien puede entender lo que tú sientes. Y la otra, más oscura, quizás también más destructiva de la que yo no tengo derecho a hablaros. Tendréis que desvelarla en el libro.

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